Blanca de la Torre: pensar el museo desde la sostenibilidad, el territorio y el presente

Por María Elena Lozano – Periodista cultural

La directora del IVAM reflexiona sobre el papel de las instituciones culturales en un contexto marcado por la crisis ecológica, las tensiones sociales y la necesidad de imaginar otros modelos de relación entre arte, públicos y territorio.

La llegada de Blanca de la Torre a la dirección del IVAM – Institut Valencià d’Art Modern abre una etapa especialmente significativa para una institución clave del arte moderno y contemporáneo en España. Su trayectoria, situada en el cruce entre comisariado, ecofeminismos, ecología política y sostenibilidad, permite pensar el museo no solo como espacio de exhibición, sino como una estructura cultural capaz de intervenir críticamente en el presente.

Su participación en Buenos Aires, en el marco de Desplazamientos 2026, funciona como disparador para revisar algunos de los debates centrales del arte contemporáneo actual: qué puede hacer una institución ante la emergencia climática, cómo repensar la circulación internacional del arte, qué significa trabajar desde una idea ampliada de sostenibilidad y de qué manera los museos pueden construir relaciones más permeables con sus contextos. La actividad, incluida en la agenda cultural sobre arte contemporáneo en Buenos Aires, permite conectar la escena argentina con una discusión institucional que atraviesa también a los museos europeos.

Desde abril de 2025, Blanca de la Torre dirige el IVAM, una institución con una fuerte carga histórica y simbólica. Para la comisaria, asumir ese lugar implica una doble responsabilidad: preservar un legado y, al mismo tiempo, preguntarse cuál debe ser hoy el papel de un museo en una sociedad atravesada por crisis ecológicas, tensiones sociales y transformaciones políticas profundas. “Las instituciones culturales ya no pueden eludir sus competencias ecosociales”, afirma.

El museo como espacio permeable

Uno de los ejes más claros de su pensamiento es la necesidad de construir instituciones más conectadas con su entorno. Frente a una idea de museo entendida como espacio autónomo o aislado, De la Torre propone una lectura más porosa, donde la institución funcione como lugar de pensamiento crítico, escucha y conversación colectiva.

En ese sentido, el arte contemporáneo aparece como una herramienta para imaginar futuros posibles y abrir espacios de reflexión ante cuestiones urgentes: la emergencia climática, las desigualdades, las políticas de representación o las formas de vida que se están configurando en el presente. El museo, entonces, no se limita a conservar o exhibir, sino que participa en la construcción de sensibilidad pública.

“Mi interés está en que el IVAM sea un lugar donde esas conversaciones puedan suceder desde la complejidad, la escucha y el compromiso cultural con el presente”, señala. La frase sintetiza una idea de institución que no renuncia al rigor artístico, pero tampoco se refugia en una posición distante frente a los conflictos contemporáneos.

Sostenibilidad más allá de los materiales

En la práctica de Blanca de la Torre, la sostenibilidad no funciona como una etiqueta ni como un tema añadido a la programación. Es, más bien, una forma de revisar la estructura misma del trabajo institucional. Hablar de sostenibilidad dentro de un museo implica atender a los contenidos, pero también a los métodos: producción expositiva, transporte, reutilización de recursos, modelos de trabajo, vínculos con artistas, equipos y públicos.

La comisaria plantea una sostenibilidad de carácter sistémico, articulada en cuatro dimensiones: medioambiental, social, económica y cultural. Esa mirada desplaza la discusión más allá de la reducción del impacto ambiental, aunque esta siga siendo fundamental. Lo que se pone en cuestión es el modo en que el sistema artístico ha construido históricamente sus ritmos de producción, circulación y legitimación.

Durante décadas, el mundo del arte ha operado bajo dinámicas asociadas a la hiperproducción, la movilidad constante y la espectacularización. Para De la Torre, el desafío está en imaginar otras formas de hacer institución: “Quizá debamos movernos hacia modelos menos espectaculares y más biocéntricos”. La frase condensa una crítica a la idea de crecimiento continuo como único horizonte posible para los museos.

Ecofeminismos, cuidados y estructuras institucionales

Otro de los aspectos centrales de su pensamiento procede de los ecofeminismos. Desde esa perspectiva, el museo puede pensarse como un espacio de cuidados, interdependencia y escucha. No se trata únicamente de incorporar determinadas temáticas a las exposiciones, sino de revisar las formas de organización, las jerarquías internas y los modos de relación que produce la propia institución.

Para De la Torre, la coherencia entre discurso y práctica institucional resulta clave. Una institución que habla de sostenibilidad, inclusión o accesibilidad debe poder trasladar esos principios a sus metodologías de trabajo. Eso implica revisar dinámicas heredadas del sistema artístico, muchas veces vinculadas a un paradigma extractivista, y abrir lugar a voces, comunidades y formas de conocimiento que históricamente quedaron fuera de los relatos hegemónicos.

En este punto, la sostenibilidad se vincula también con la posibilidad de generar contextos culturales más habitables. No solo importa cómo se produce una exposición, sino qué tipo de relaciones activa: con los artistas, con los equipos técnicos, con los públicos y con el territorio en el que se inscribe.

Entre la bienal y el museo

La trayectoria de Blanca de la Torre incluye experiencias en contextos muy diversos, como la Bienal de Helsinki y la 15.ª Bienal Internacional de Cuenca. Esa experiencia le permite distinguir con claridad entre la temporalidad de una bienal y la de un museo con colección, archivo y programación estable.

Las bienales, explica, poseen una naturaleza más temporal y experimental. Permiten intervenir de forma inmediata sobre determinados debates contemporáneos y trabajar con una intensidad curatorial muy vinculada al contexto. En ellas, el arte puede operar como investigación, ensayo y conversación pública.

El museo, en cambio, trabaja desde otra escala temporal. Existe una colección, un archivo, una memoria institucional y una relación sostenida con los públicos. Por eso, la responsabilidad no se agota en la programación expositiva: incluye conservación, investigación, mediación y producción de conocimiento. “Un museo trabaja desde otra temporalidad”, resume De la Torre.

Lo interesante, en su lectura, es que ambos modelos están hoy en transformación. Muchas instituciones museísticas incorporan dinámicas más abiertas y procesuales, mientras que algunas bienales intentan dejar legados más duraderos y responsables en los territorios donde se desarrollan. Ese punto de intersección es, precisamente, uno de los lugares desde los que la comisaria ha construido su práctica.

Desplazar la mirada antropocéntrica

Cuando se le pregunta por los desplazamientos más urgentes dentro del campo curatorial, De la Torre identifica tres ejes principales: sostenibilidad, accesibilidad e inclusión. Los tres obligan a repensar no solo qué se muestra, sino cómo, para quién y desde qué estructuras de trabajo.

La accesibilidad, en su planteamiento, no se limita a eliminar barreras físicas. También implica atender a obstáculos simbólicos, económicos, lingüísticos y cognitivos. Preguntarse quiénes pueden participar de los museos supone reconocer quiénes siguen quedando fuera, incluso cuando las instituciones se presentan como espacios abiertos.

La inclusión, por su parte, no debería reducirse a una ampliación superficial de nombres o procedencias, sino a una transformación estructural de los relatos y de las formas institucionales. Para De la Torre, el desafío consiste en desplazar el foco desde modelos autorreferenciales hacia prácticas capaces de generar vínculos reales con la sociedad.

Ese cambio implica también revisar la mirada antropocéntrica y extractivista sobre la que se han asentado buena parte de las bases culturales modernas. En lugar de pensar el museo como máquina de visibilidad, se abre la posibilidad de imaginarlo como espacio de cooperación, arraigo y responsabilidad compartida.

Otra internacionalización para el arte contemporáneo

Una de las contradicciones más evidentes del sistema artístico actual está en la tensión entre circulación internacional e impacto ambiental. De la Torre no propone una respuesta simplificadora. El intercambio entre contextos y culturas sigue siendo fundamental, pero la pregunta es bajo qué lógicas se produce.

Revisar transportes, montajes, desplazamientos y modelos de programación no significa renunciar al diálogo internacional, sino imaginar formas de internacionalización más responsables. “El futuro de las instituciones culturales quizá pase menos por el crecimiento continuo y más por la profundidad, la cooperación y el arraigo”, afirma.

En esa frase aparece una posible clave de lectura para su etapa al frente del IVAM: pensar el museo no como una institución que debe expandirse indefinidamente, sino como un lugar capaz de intensificar relaciones, producir conocimiento situado y construir alianzas desde una idea más compleja de patrimonio común.

La figura de Blanca de la Torre resulta especialmente relevante porque sitúa estos debates en el centro de la práctica institucional. Su trabajo no separa la curaduría de las condiciones materiales, sociales y políticas que la hacen posible. Desde el IVAM, esa perspectiva puede contribuir a redefinir el papel del museo en un presente que exige menos automatismos y más responsabilidad cultural.



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